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El Imam Ruhollah Jomeini 1902-1989




Con motivo del vigésimo octavo aniversario del fallecimiento del

Imam Jomeini, líder de la Revolución Islámica de Irán







Persia en la época que nació y

creció el Imam Ruhollah

Jomeini





En los diez años que precedieron al nacimiento del Imam Jomeini hubo en Irán numerosos cambios políticos que no serían más que el preludio de lo que se avecinaba a principios del siglo XX. En 1892, Naser al-Din Shah se vio obligado a ceder ante la insurrección popular y abolir el monopolio del tabaco que había concedido a los ingleses a cambio de una bagatela.

Esta insurrección, que fue simplemente más una revolución “a lo Gandi”, consistía meramente en obedecer una fatwa (edicto religioso) promulgada por el líder shií, el ayatolá Mirza Shirazi, fatwa que decía textualmente: “Hoy en Persia, fumar es como luchar contra el Imam de los Tiempos”.

La fatwa fue seguida fielmente por toda la nación, y todos los narguiles del país dejaron de echar humo. Caravasares, salones de té, casas de huéspedes... en todas partes se recogieron los avios de fumar y se dio la circunstancia de que hasta los sirvientes del palacio del rey y las mujeres de su harén abandonaron el tabaco obedeciendo el edicto del ayatolá Shirazi.

Esta primera y victoriosa revolución pasiva acabó con la victoria del pueblo sobre la voluntad del sha y la fuerza de los ingleses, que no tuvieron otra opción que ceder y renunciar al monopolio pues no tenían a nadie en concreto contra quien luchar.


La Revolución Constitucional




Cuatro años más tarde, en 1896, Naser al-Din Shah caía abatido por las balas de Reza Kermani, un discípulo del carismático Ŷamal al-Din Asadabadi (al-Afgani), que había sido encarcelado en numerosas ocasiones por las fuerzas del sha y había sido un encarnizado activista en contra de la concesión del monopolio del tabaco. Fue sucedido por Mozaffar al-Din Shah que reinó hasta su prematura muerte en 1907. Fue durante el reinado de éste cuando se inició en Persia la llamada Revolución Constitucional. En 1905 un grupo de intelectuales y religiosos exigían al sha la formación de un parlamento (majlis) y la redacción de una Constitución que fuera la base en la que se regiría el nuevo Estado persa.

La Constitución, a la que tuvo que ceder el sha, venció en un principio, y, en 1906 y 1907 se redactaron los primeros textos de la que sería la primera Carta Magna de Persia. No obstante, todo abocó finalmente en el fracaso. La violenta oposición del sha —que bombardeó a cañonazos el edificio del Parlamento en 1909— acabó con estos nobles propósitos, y ello, a pesar de las innumerables insurrecciones armadas que surgieron por doquier en el país y que luchaban en defensa de la vigencia de la Constitución. Sin embargo, la semilla ya estaba echada. Este mismo año de 1909 se descubrieron los primeros yacimientos de petróleo, descubrimiento que no hizo sino acrecentar la presencia extranjera en Persia y cambiar su historia a lo largo de todo el siglo XX, y quizás también del siglo XXI.

En 1914 se declaró en Europa la I Guerra Mundial y por esa fecha la dinastía Qayar, que reinaba los destinos de Persia desde finales del siglo XVIII, estaba herida de muerte, y, en 1925, el joven seminarista Ruhollah Jomeini fue testigo del cambio de dinastía y de la subida al trono del sargento cosaco Reza Jan, llamado luego Reza Shah, cuya política de occidentalización del país tanto airó al clero y a los iraníes más piadosos. Ciertamente, la caída de la dinastía Qayar significaba el derrumbamiento de un régimen corrupto y señorial, pero también significaba la creación de una dictadura cruel que no hacía más que suplantar a los señores Qayar que antes detentaban el poder.








La vida del Imam


Este era el ambiente en el que nació y creció el Imam Jomeini. El gran líder de la Revolución Islámica de Irán vino al mundo en septiembre de 1902 en el seno de una familia de religiosos, en Jomein, un pueblo de la provincia central de Arak. A los cinco meses del nacimiento quedó huérfano de padre, por lo que su infancia estuvo marcada por la falta de uno de sus progenitores.

Su infancia y primera adolescencia las pasó entre su madre Hayar y su tía Sahebeh, pero a los 15 años ambas también fallecieron y se vio privado de nuevo de dos seres queridos. Ese año de 1917 realmente marcaba un antes y un después en su vida ya que quedó completamente huérfano. En todo caso, no se conoce mucho de la infancia del Líder de la Revolución. Se sabe que poco después partirá hacia Arak, una pequeña ciudad situada a unos 200 kms. al sudoeste de Teherán. Allí estudió junto al Ayatolá Abdul Karim Haeri Yazdi. En 1921 éste marchó a la ciudad de Qom (a 160 kms. al sur de Teherán) prestigiosa ciudad santa del shiísmo, y el Imam Jomeini lo acompañó junto a otros de los discípulos del reputado ayatolá.




Allí, maestro y alumnos permanecieron en el recién fundado seminario de Feiziyeh. A los 20 años de edad, el Imam Jomeini se ocupó también del estudio del irfan o mística islámica, además de la jurisprudencia islámica (fiqh), donde fue subiendo de forma escalonada los diferentes grados de conocimiento hasta que obtuvo su licencia o iŷâza que le permitía ejercer como profesor. Allí mismo, en el seminario Feiziyeh se puso a impartir clases de jurisprudencia, Corán y filosofía, que compaginaba con el irfan.

En 1937 murió el ayatolá Haeri y el seminario de Feiziyeh, por lo que se dispusieron a buscar otro reputado ulema que pudiese reemplazar al grandioso Haeri, que encontraron en la persona del ayatolá Mohammad Huseyn Boruyerdi —tras ocho años de búsqueda— uno de los religiosos más importantes de su época, cuya designación como nuevo líder fue sugerida por los alumnos del ayatolá Haeri, entre los que se encontraban el Imam Jomeini.

El ayatolá Boruyerdi fue, hasta el año de su muerte en 1961, uno de los ayatolás supremos de los chiíes de Irán. Durante su mandato en Qom, el Imam Jomeini permaneció en un discreto segundo plano y no se sabe que durante aquella época hubiese protagonizado ningún incidente de carácter político. En vida del ayatolá Boruyerdi, en cuestiones de política, el Imam Jomeini se conformaba con hacer breves comentarios y alusiones a la política de los Pahlevíes y en contra de las decisiones del Gobierno que de alguna manera afectaran a los pobres y necesitados.

De todas formas en 1941 y al margen de su carrera como religioso, el Imam Jomeini escribió “Kashf al-Asrar”, una obra donde atacaba abiertamente las medidas secularizadoras y occidentalizadoras de Reza Shah y donde ponía bajo duda y sin ambages la idoneidad del rey para dirigir la nación. Por otra parte, en las obras que el Imam Jomeini escribiera en los años 50 y que en una primera mirada no eran más que obras religiosas dedicadas a unos cuantos seminaristas, se vislumbraba ya su ideario político. En ellas se hacía mención de los “gobernantes corruptos” y de “ayudar a los pobres” en contra de los abusos de poder. En ellas también se hacían alusiones a las relaciones que tenía que haber entre los ulemas y el Gobierno, y que los primeros, como verdaderos conocedores de la doctrina del Islam, eran los que debían marcar el camino y la política del segundo.

Fue en esta época cuando empezó a pensar que el Clero tenía que ser políticamente activo y no dejarse llevar por el rey o el gobernante de turno. El Imam Jomeini, muy al tanto de la política del momento mediante la lectura de libros, revistas y artículos, se percató de que la única esperanza y salvación del pueblo, especialmente tras el fracaso de la Revolución Constitucional y el golpe de estado de Reza Shah, se hallaba en manos del Clero y en el contacto directo entre el pueblo y los seminarios.

En marzo de 1961 murió el ayatolá Boruyerdi, y al año siguiente fue promulgada por el sha la llamada Revolución Blanca en la que el rey aprobaba leyes que el Clero chií en general y el Imam Jomeini en particular rechazaban de plano pues argumentaban que contradecían y contravenían las leyes del Islam y que no eran más que una versión más modernizada de la política occidentalizadora de Reza Shah. Por otra parte, estaba el hecho del apoyo del sha al régimen sionista de Israel con quien mantenía relaciones diplomáticas, relación ésta que Estados Unidos ponía como uno de sus requisitos para que Washington le apoyase.




El Imam, tenaz en sus acusaciones y que no dejaba de atacar al gobierno del sha, tuvo un papel decisivo a la hora de aclarar los verdaderos objetivos del monarca y de hacer oír al pueblo lo que los seminarios tenían que decir y objetar. Los telegramas y cartas abiertas que el Imam escribía en un tono desafiante al sha y a su ministro se atrajeron las simpatías de todas las capas de la población. En uno de los telegramas le decía al sha: “Nuevamente le aconsejo que obedezca a Dios el Altísimo y a la Constitución, y que tema las graves consecuencias que se derivarían por transgredir el Corán, las leyes de los ulemas de la nación, los líderes musulmanes y las leyes constitucionales; no exponga al país al peligro a propósito y sin ton ni son, pues de lo contrario los ulemas no se abstendrán de manifestar sus opiniones sobre usted.”

El sha finalmente se vio obligado a renunciar a parte de sus reformas. Pero Estados Unidos seguía ejerciendo su presión para que se llevasen a cabo, hasta que, en enero de 1963, el rey anunció los seis principios generales de sus reformas y la celebración de un referéndum para ratificarlas. El Imam Jomeini convocó a los clérigos y ulemas relevantes del momento para encontrar una solución. Las celebraciones del año nuevo persa de 1342 (marzo de 1963) fueron vetadas por el Imam como protesta en contra de la política del sha. En sus discursos se refería a la Revolución Blanca como Revolución Negra y proclamaba que ésta convergía con los intereses de Norteamérica e Israel.

Sin ningún tipo de miedo, el Imam Jomeini mencionaba en sus discursos y homilías al sha como agente principal de los crímenes además de estar confabulado con Israel y hacía un llamamiento a la insurrección popular. El 22 de marzo, fuerzas especiales del Gobierno y agentes de la SAVAK (la Securitate del sha) asaltaron el seminario Feiziyeh, que fue saqueado. En la refriega fueron agredidos docenas de seminaristas y muchos de ellos fueron también arrojados desde las azoteas y balcones. El Imam fue detenido junto a otros ulemas, pero fueron liberados poco después con la condición de abandonar la “propaganda subversiva”.

En un discurso pronunciado el 31 de marzo de 1963 criticó duramente el silencio de los ulemas de Qom y Nayaf ante los nuevos crímenes del régimen, “Hoy —decía— permanecer callado es estar al lado del aparato represor.” Al día siguiente, el Imam promulgó su célebre manifiesto que decía que “ser pro-sha significa latrocinio.” Por un lado, el sha se resistía a abandonar sus reformas, y, por otro, el Imam Jomeini insistía en impedir la influencia extranjera en el país. El 2 de abril el ayatolá supremo al-Hakim, residente en Nayaf (Irak) telegrafió a Qom y pidió a los clérigos de la ciudad que se marchasen a Irak para así proteger su integridad y la de los seminarios de Qom.

El Imam hizo caso omiso a aquella petición y le envió una respuesta también telegrafiada en la que le decía que no era apropiado abandonar la ciudad. Aquí es menester decir que fue cuando la fama y la reputación del Imam Jomeini empezaron a despuntar. Paulatinamente, el Imam fue conociéndose entre el pueblo iraní y su nombre comenzó a ser asociado a la lucha contra el despotismo del rey.





La insurrección del 15 de jordad

de 1342 (4 de junio de 1963)


El mes de junio de aquel año de 1963 coincidió con el mes sagrado de moharram, en el que se conmemora el aniversario del martirio del Imam Huseyn en Karbala a manos de las huestes impías de Yazid. Al Imam no se le pasó por alto el poder aprovechar aquella ocasión para arremeter de nuevo contra el sha, así que hizo preparar en el mismo seminario Feiziyeh una plataforma provista de potentes altavoces dentro y fuera del edificio para dar un discurso a la población que en aquellos días tan señalados se echaban a la calle para realizar los diferentes actos piadosos que se hacen esos días (llevar procesiones, dar agua, repartir comida, etc.).

El 2 de junio soltó su célebre discurso público, escrito como si se dirigiera al sha y en el que le aconsejaba abandonar aquella política. Comparó al sha con Yazid —para los shiíes, una especie de Judas Iscariote— y relacionó el martirio del Imam Huseyn con las injusticias del sha, quien no tardó en emitir una orden para hacerlo callar. El 3 de junio fueron primero detenidos muchos amigos y compañeros del Imam, y a las tres de la madrugada del día 4 de junio un comando especial proveniente de Teherán acorraló su casa y lo apresaron. Fue conducido a la capital y retenido en el Club de los Oficiales para ser confinado aquella misma tarde en la cárcel de Qasr.

Después de permanecer 19 días en aquella prisión fue trasladado a un cuartel militar, y mientras tanto, el sermón que dio aquel día fue grabado por los seminaristas y pronto se distribuyeron copias por todo el país. Violentas manifestaciones en las que murieron cientos de personas se sucedieron en varias ciudades debido al arresto del Imam. Durante el interrogatorio, el Imam se negó a contestar a las preguntas que le hacían y se limitó decir que consideraba ilegítimos al Gobierno de Irán y a su Poder Judicial. El 6 de abril de 1964 fue liberado sin aviso previo y llevado a Qom. En cuanto se difundió la noticia el regocijo se adueñó de la ciudad y durante varios días se celebró el evento en el seminario Feiziyeh.




Un año después, el 4 de junio de 1964 se cumplía el primer aniversario de aquella insurrección y se emitió un manifiesto conjunto entre el Imam Jomeini y otros altos cargos de la jerarquía chií y otros seminarios, y fue declarado aquel día como de luto nacional. El Imam ya era protagonista de la escena de la oposición política del país. Había iraníes que lo apoyaban simplemente porque defendía la independencia de Irán frente a los extranjeros y otros simpatizaban con él por su defensa de los pobres y necesitados. En octubre de este año de 1964 fue aprobada en el Parlamento una ley vergonzosa en virtud de la cual se daba inmunidad diplomática a todos los consejeros militares norteamericanos residentes en Irán, es decir, hiciera lo que hicieran, ningún militar norteamericano podría ser enjuiciado por un tribunal del país. La ley era tan polémica que incluso algunos leales al sha se opusieron. Una vez aprobada, Estados Unidos le dio un crédito de 200 millones de dólares al Gobierno iraní.

Era evidente que aquella ley no era más que una concesión a cambio de dinero y recordaba a las humillantes concesiones que hacían los reyes de la dinastía Qayar en el siglo XIX en beneficio de los ingleses o de los rusos. A todo esto el Imam reaccionó dando discursos en los que decía que con aquella ley, el pueblo iraní había caído a un nivel más bajo que el de un perro norteamericano. “Si alguien atropella a un perro norteamericano —decía— será perseguido por la Ley. Incluso si el mismo sha fuese el que atropellase a ese perro, también sería perseguido. Sin embargo, si un cocinero norteamericano atropellase al sha, el jefe del Estado, nadie tendría derecho a interferir. Y todo esto porque ellos querían un crédito y esto era lo que Norteamérica exigía a cambio.”

La nueva detención del Imam no se hizo esperar. El 3 de noviembre de 1964 irrumpió un comando del ejército en su casa en Qom. Esta vez el Imam no fue llevado a prisión sino que fue inmediatamente trasladado al aeropuerto de Teherán donde ya se había preparado un avión que le llevaría al destierro; Turquía. Fue escoltado por agentes hasta Ankara. Aquella misma tarde se difundió en la prensa la noticia de la detención del ayatolá Jomeini, acusado de “atentar contra la seguridad del país.” Allí permaneció 11 meses durante los cuales el régimen del sha no perdió el tiempo y estuvo reprimiendo y apagando todos los focos de insurgencia del país, y, con la ausencia del Imam, pudo tranquilamente emprender todas las reformas que tanto gustaban a los Estados Unidos.

El 4 de octubre de 1965 el Imam parte hacia su segundo exilio en Nayaf, Irak, acompañado de su hijo el ayatolá Haj Agha Mostafa, donde permaneció exiliado 13 años. Durante su destierro en Nayaf, el Imam no dejó de tener contacto con su país, y sus discursos se difundían mediante cintas de casetes que pasaban de mano en mano. El exilio y las dificultades y penurias que éste conllevaba no se traducían en un abandono de la militancia en lo que él creía su deber; la lucha contra la tiranía.

En 1969 surgieron discrepancias fronterizas entre el régimen del sha y el de Saddam Huseyn, que fueron el preludio para la guerra entre Irán e Irak de los años 80. Cuatro años llevaba ya el ayatolá Jomeini exiliado en Irak durante los cuales se había atraído las simpatías de numerosos grupos militantes iraquíes, libaneses y de otros países musulmanes que habían hecho del Imam su ejemplo a seguir. Fue a principios de los años 70 cuando el Imam, en un ciclo de conferencias que dio en Nayaf, había una en especial que fue grabada y trascrita por uno de sus discípulos. Éstas fueron luego publicadas con el título de “Velayat-e-Faqih; Hokumat-e-Eslam” (El gobierno del jurista; gobierno islámico). Es la obra más conocida del Imam pues en ella se establecen las bases de lo que sería la futura República Islámica de Irán.

Obra traducida a muchos idiomas por el interés causado en todos los medios internacionales, fue llevada de contrabando y distribuida por Irán y con su difusión se estaba sembrando el germen de la revolución que se desencadenaría pocos años después. A principios de los años 70 las buenas relaciones entre Estados Unidos e Irán llegaron a su punto culminante. Irán hacía concesiones petrolíferas a Estados Unidos a cambio de tecnología militar. En efecto, el sha se había embarcado en una frenética carrera armamentística cuyos gastos eran desorbitados, aun teniendo en cuenta la riqueza de Irán, y todo ello porque Washington quería convertir a Teherán en su guardián y policía de Oriente Medio, lo que demostraba la total confianza que los norteamericanos tenían en el régimen del sha.

El Imam también luchó contra aquella absurda militarización del país que además era utilizada para reprimir las disensiones internas. La militarización de Irán llegó a tal punto que el sha llegó a tener uno de los más modernos ejércitos del mundo. El Imam argumentaba que este apoyo al sha por parte de los norteamericanos no alentaba para nada las reformas internas y no hacían sino afianzar su régimen despótico. Desde Nayaf, el Imam no dejaba de hablar y de descalificar al régimen iraní con adjetivos como “títere de los Estados Unidos”, y no solo atacaba al sha ya que también consideraba enemigos del Islam a las clases pudientes de Irán que imitaban las modas y las costumbres occidentales.

En 1971, en su delirio nacionalista, el sha organizó unos suntuosos y carísimos festejos en las ruinas de Persépolis, donde celebró el 2500 aniversario de la fundación de Persia por Ciro el Grande. En estas resonadas celebraciones en las que no se escatimaron gastos, fueron invitados líderes y reyes de todo el mundo. El ayatolá Jomeini calificó de “extravagantes” y de “ultraje” aquellos festejos. En 1975, durante la conmemoración de la Insurrección del 15 de Jordad que se celebró en el seminario de Feiziyeh, se produjeron allí mismo nuevas manifestaciones por parte de los seminaristas. Durante dos días se escuchaban gritos que decían “Viva el Imam Jomeini y muera la dinastía Pahleví”.

En octubre de 1977, Haj Agha Mustafa, el hijo del Imam, fue asesinado en extrañas circunstancias en el santuario de Karbala. Aquel asesinato sólo sirvió para avivar la llama de la oposición al sha y los días siguientes hubo grandes manifestaciones de protesta en Irán de condena al sha y de apoyo al ayatolá. En enero de 1978 el diario Ettela’at publicó un artículo en contra del Imam en el que éste era calificado de “hombre sin fe” y “agente de las potencias extranjeras”. El artículo fue contraproducente para los que lo escribieron ya que desencadenó una oleada de protestas, una de ellas en Qom, donde los seminaristas tomaron literalmente las calles y muchos murieron o fueron heridos en sus enfrentamientos con la policía. El 18 de febrero, cuando se cumplían 40 días de luto por aquellas víctimas, hubo nuevas manifestaciones en todo el país, siendo la de Yazd la más significativa por cuanto más de cien personas cayeron muertas por la carga policial El sha comenzó a presionar al régimen iraquí para que hiciera callar al Imam o que lo desterrara del país.

Fue entonces cuando se concertó un encuentro entre los ministros de Exteriores de Irán e Irak para decidir por el nuevo destino del Imam, que dispusieron un nuevo destierro. El 23 de septiembre de 1978 fuerzas especiales del régimen de Saddam rodean la casa del ayatolá en Nayaf, y diez días más tarde es llevado hasta la frontera de Kuwait, pero este país se niega a dar el permiso de entrada. Finalmente, el mismo Imam decide marcharse a París, donde llega el 5 de octubre. Dos días después se instala en la casa que un amigo tenía disponible en Neauphle-le-Château, en los arrabales de la capital. Las autoridades francesas le prohibieron al Imam cualquier tipo de actividad política a lo que él respondió argumentando que tal prohibición iba en contra de las normas de su propia democracia y que él no dejaría de perseguir sus objetivos se encontrase donde se encontrase.

A pesar de que ahora estaba más lejos que nunca de Irán, ello no obstaculizaba su lucha por sus ideales, sino que, al contrario, más bien le ayudó. Los periodistas occidentales tenían a mano un líder carismático a quien entrevistar, de tal manera que durante su breve estancia en París el ayatolá dio alrededor de 120 entrevistas, convirtiéndose aquel “venerable anciano de barba blanca” en protagonista de la primera páginas de muchos diarios. El ayatolá, hasta entonces solamente conocido entre sus seguidores musulmanes, salta a la fama mundial convirtiéndose ante los occidentales en el paladín de la lucha contra el régimen del sha.

El sha, que últimamente se había ganado muy mala prensa incluso en los periódicos de Occidente, había hecho que este “nuevo protagonista” fuese mirado con simpatía por la opinión pública occidental que rechazaba la política dictatorial del monarca iraní. Toda esta nueva propaganda gratuita e inesperada se tradujo en un aumento de fervor por parte de los disidentes internos que no hizo sino avivar la lucha contra el régimen de Irán. Los disturbios cada día iban a más hasta que la propia integridad física del sha y de su familia llegó a peligrar.

El sha abandona Irán y el Imam viene



El 15 de enero de 1979 el sha huye del país, y ello es noticia de primera plana en casi todos los rotativos del mundo. Las manifestaciones, esta vez de júbilo, se dan a lo largo y ancho de la nación. Los iraníes se felicitan unos a otros, y en todas partes se respira un ambiente de triunfo. El 31 de enero el Imam regresa a Irán después de 15 años de exilio. Los reporteros extranjeros estimaron entre 4 y 6 millones las personas que habían ido a recibirle. Los 14 años de exilio no habían servido sino para darle más popularidad. Sin embargo, hay que tener en cuenta que aunque el sha se había marchado, su régimen seguía en pie y persistía el toque de queda declarado antes de su marcha.

Shapur Bajtiar, conocido como antiguo opositor del sha y que había sido puesto por éste como primer ministro, disparando así el último cartucho para aplacar a la oposición, tuvo que abandonar poco después el cargo al tiempo que todos los grupos opositores se unieron bajo la bandera del Imam.

Además de estos grupos, se encontró el líder con el nada despreciable apoyo de los pobres y desheredados (los mosta’zafin) a los que nunca había dejado de defender en sus prédicas y discursos. En efecto, a pesar de los grandes ingresos de Irán como exportador petrolero, especialmente a partir de la crisis de 1973, el abismo entre la clase pudiente y los pobres se había ahondado aún más. Los inmensos recursos de Irán de nada habían servido para mejorar aquella clase pobre a la que el Imam no dejaba de aludir en sus discursos.

Ya en el poder y tras la huida de Bajtiar, el ayatolá nombró en febrero primer ministro a Mehdi Bazargan, miembro del Frente Nacional, un hombre que llevaba casi 40 años activo en la vida política y que ya había sido encarcelado por el sha. El 31 de marzo de 1979 se hizo un referéndum para preguntarle al pueblo iraní si quería una república islámica o no.

Ganó el sí con más del 98 % de los votos. En junio del mismo año se escribió el primer borrador de la Constitución de la nueva república, y en noviembre se refundió el texto, que fue aprobado por la Asamblea de Expertos. Con la nueva constitución, el ayatolá hacía realidad las ideas que hubo plasmado en su obra “El gobierno del jurista; Gobierno islámico” en virtud de la cual la jefatura del Estado pasaba a las manos del líder o guía supremo de los ulemas, que ocuparía este cargo de forma vitalicia.

Mas Irán se vio con un problema que no esperaba. El 22 de septiembre de 1980 aviones iraquíes bombardean algunas ciudades del sur mientras tropas iraquíes atravesaban la frontera. Irán fue atacado por Irak y comenzó una larga y cruenta guerra que duraría ocho años.

Saddam Huseyn aprovechaba la caída del régimen anterior y la supuesta confusión del emergente Estado iraní para tomar la revancha de viejas disputas fronterizas. Los siguientes años la vida del Imam estuvieron protagonizados por la consolidación de la república islámica y por la guerra contra Irak. En verano de 1988, el Imam, tras ocho años de conflicto bélico con Irak, acepta una propuesta de alto el fuego proveniente de la ONU.







Los últimos días y el

fallecimiento del Imam


El Imam, aquejado de una enfermedad que había soportado durante varios meses, murió el 4 de junio de 1989. La última noche antes de su fallecimiento y tras ser sometido a una delicada operación, se encontraba recitando el Corán. Cuando se difundió por todo el país la noticia de su muerte, su pueblo lloró y se lamentó desconsolado. No hay pluma que pueda describir los sentimientos que embargaban a las multitudes incontroladas en aquel día y los que le sucedieron. Tanto el pueblo iraní en general como los musulmanes revolucionarios protagonizaron escenas de duelo sin parangón en la historia del país. Seguramente habrá muchas personas que no puedan comprender la expresión y las manifestaciones de dolor por parte de su pueblo. Para estas personas basta el poder ver las imágenes que se filmaron aquellos días de duelo, donde acudieron millones de personas, para poder comprender la fidelidad y la lealtad de aquellos que creían en él.

En efecto, los mismos occidentales afirman que las exequias del Imam Jomeini han sido las más multitudinarias de la historia, pues el líder fue despedido por mucha más gente de la que diez años antes le diera la bienvenida al país tras su largo exilio. Lamentablemente, decenas de personas perdieron la vida debido a las avalanchas humanas y a los empujones de la multitud en el deseo de estar en primera fila. Aquellos días el país estaba paralizado ya que cientos de miles de personas habían dejado el trabajo y se habían dirigido a la capital para asistir a la inhumación del Imam.

Las televisiones y los informadores occidentales que se habían trasladado a la capital de Irán para cubrir la noticia no dejaban de expresar su admiración ante aquellas expresiones de dolor. Se rociaron grandes cantidades de agua sobre la muchedumbre para poder aplacar aquel intenso calor del mes de junio. Finalmente, tras varios intentos para dispersar a la multitud, el cuerpo del Imam tuvo que ser llevado hasta el lugar de inhumación en un helicóptero ante la imposibilidad de ser llevado por tierra. Durante aquellos días la radio iraní decía que “Irán es como un anillo que había perdido su gema”, que “Irán era como un niño que se había quedado huérfano”.

Las paredes y vallas de la ciudad habían sido recubiertas con banderas negras y los altavoces y megáfonos de las mezquitas despedían recitaciones del Corán. El periodista Gómez Parra cuenta lo siguiente sobre su entierro en su libro “Jomeini”: “Los dirigentes islámicos colocaron su cuerpo, envuelto en un sudario, en una doble urna para que el pueblo lo viera [...] pero el entusiasmo de la gente por ver y tocar el cuerpo del Imam llegó al paroxismo el día del entierro, cuando millones de personas llenaban las calles de la capital por donde debía pasar el coche con el féretro, impidiendo finalmente el paso de la comitiva oficial, hasta el punto que el féretro y los dirigentes tuvieron que salir del enorme atasco en helicóptero, mientras alrededor se producían escenas de auténtico dolor popular con más de 20 muertos y 500 heridos por aplastamientos, infartos, avalanchas y asfixias [...] pero el entierro pudo acabar mucho peor, cuando el gentío se lanzó literalmente sobre el féretro para intentar arrancar el sudario que cubría el cuerpo del Imam.




Los deseos de la gente por tocar o quedarse con algo que hubiera tocado el cuerpo de su dirigente pudieron mucho más que todos los esfuerzos de cientos de pasdaranes que intentaban controlar la situación. Al final, rescatado el cadáver, que estuvo a punto de rodar por los suelos, y metido en una caja de cinc, se le pudo enterrar en medio de un desbarajuste oficial [...] a los siete días de su muerte, el ritual shií celebra un segundo funeral por el muerto [...] a los cuarenta días se repiten de nuevo los funerales. Escenas de dolor, golpes en el pecho, lloros, gritos y rezos [...] muchos de los hombres gritaban “¡Ojalá hubiera muerto yo y no el Imam Jomeini!”.

Los pasdaranes y la Media Luna Roja tuvieron que emplearse a fondo en estos días para dar de comer y beber a los peregrinos, incapaces de moverse de allí y con la ciudad a más de 20 kms, en pleno desierto y a más de 35 grados. Con fumigadores arrojaban agua de rosas sobre la muchedumbre intentando así paliar el fuerte olor a humanidad que despedían los millones de personas allí congregados [...]



En cuanto a los bienes dejados por el Imam, el mismo periodista sigue contando: “Mucha gente ha tenido la curiosidad de saber en qué consiste la herencia que ha dejado a sus hijos y a su familia. Como observa la ley islámica, el presidente del Consejo Supremo de Justicia, el Ayatolá Ardebili, se ha hecho cargo de la relación de esos bienes [...] todo el mundo sabía que el Imam era pobre, y hasta alardeaba de ello, pero no tanto como se ha podido comprobar al leer estos papeles: la casa de Yamaran, donde ha vivido todos estos últimos años, era de alquiler, aunque el dueño parece que se empeñaba en regalársela, y no tenía el Imam ninguna posesión en oro, joyas o dinero propio que legar a sus hijos, sólo una porción de tierra en su pueblo natal, Jomein, cuya propiedad comparte con su hermano el ayatolá Pasandidéh [...] se puede decir que ha sido uno de los pocos dirigentes políticos modernos que ha muerto, en pleno ejercicio de su poder, más pobre de lo que era al empezar.”

Hoy el Imam reposa en la explanada del cementerio de Behesht Zahra, en el sur de Teherán, donde descansan muchos mártires y héroes de guerra. Su tumba es visitada por muchos peregrinos cada día que vienen desde todas partes del país y del extranjero, e incluso hacen sus plegarias y leen una Tabla de la Visitación colgada allí al efecto.